Crisis del Sistema, Alternativas de la Izquierda
El reto de la izquierda frente a la crisis financiera | El reto de la izquierda frente a la crisis financiera |
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| sbado, 17 de enero de 2009 | |
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Juan Torres López Una de las prácticas financieras más extendidas y típicas de nuestra época consiste en "titularizar" los activos, es decir, en convertirlos en otros productos derivados de los anteriores para conseguir liquidez y rentabilidad de lo que solo sería puro papel si se dejase quieto. Siguiendo esa práctica, docenas de bancos de inversión adquirieron los títulos hipotecarios que salían de la banca estadounidense, primero, con altas dosis de solvencia pero, poco a poco, convertidos en "basura", cuando estaban suscritos por individuos sin suficiente capacidad financiera como para hacer frente a las obligaciones que conllevaban si su situación laboral o financiera empeoraba. Cuando estas hipotecas, llamadas basura o subprime en la jerga financiera se quedaron en el aire porque sus titulares dejaron de pagar, perdieron su valor, y así, los bancos que las habían emitido, primero, y luego quienes las habían ido adquiriendo sucesivamente en las operaciones de titularización tuvieron que ir registrando en sus balances las inevitables pérdidas patrimoniales correspondientes. Grandes bancos empezaron a quebrar o a mostrar pérdidas muy elevadas y estalló entonces una crisis hipotecaria en Estados Unidos. Pero esta crisis inicialmente localizada estaba condenada a ser algo más que una simple crisis hipotecaria en aquel país porque las hipotecas basura o, como los llamaron luego, los "productos tóxicos", circulaban por todo el mundo y, para colmo, lo hacían en "paquetes" en donde había hipotecas buenas y otras malas que la Reserva Federal había autorizado justamente para disimular el riesgo y, así, hacer más fácil su circulación. Los bancos y entidades financieras de todas clases que habían comprado todo ese tipo de paquetes y títulos comenzaron a registrar una descapitalización galopante: lo que antes habían contabilizado como activos rentables de alto valor, pasaban a ser papeles sin valor alguno (por eso, una de las reivindicaciones que ahora hacen estos inversores es que los activos de esta naturaleza no se contabilicen por el valor de mercado, una propuesta verdaderamente paradójica y sorprendente porque hasta ahora todo el mundo había dicho que si el mercado sirve para algo es para fijar el precio de las cosas). Y cuando se descapitalizaban, disminuía lógicamente su capacidad para ofrecer liquidez a los demás. Y además o al mismo tiempo, cuando los bancos internacionales empezaron a ser conscientes de que tal riesgo estaba extendido entre las inmensa mayoría de las entidades bancarias, comenzaron a desconfiar una de otras a cerrar el grifo de los préstamos que constantemente se dan entre ellos para disponer de liquidez creciente y así seguir prestando y creando más y más dinero que es lo que les proporciona rentabilidad y poder (hay que recordar que los bancos tienen la capacidad de crear dinero bancario: cuando una persona deposita los 100 euros que supongamos que hay en la economía en un banco y éste presta 80 a otra, ya no hay 100 euros en la economía euros sino 180). En cuanto los mercados financieros comenzaron a dar muestras de perturbación y de falta de liquidez se produjeron como consecuencia dos fenómenos inevitables: por un lado, la desviación de los fondos especulativos desde los mercados financieros e inmobiliarios en crisis a otros en donde también hay tendencias más o menos constantes al alza de precios, el del petróleo y los alimentarios. Así se produjo la terrible subida de precios que afectó a la economía real encareciendo toda la actividad que utiliza esta fuente energética y a los productos alimentarios de la población más pobre del planeta. Por otro, cuando se cerró el grifo de la financiación se produjo una progresiva parálisis de la actividad económica productiva que, como es bien sabido, puede aguantar muy poco tiempo sin financiación. Finalmente, pues, la crisis hipotecaria local se había convertido en una crisis real y global. La crisis que estamos viviendo no es exactamente nueva. Se han dado otras en años anteriores originadas también por burbujas que disparaban la especulación hasta que reventaban llevándose por delante primero a bancos e inversores y luego y con más fuerza a la actividad económica y al empleo. Pero lo que en esta ocasión resulta distintivo es su intensidad, por el volumen de capitales afectados, y su amplitud, porque es verdaderamente global. Y es la combinación de esas dos característica lo que le da una magnitud y virulencia extraordinarias. Se trata, por decirlo de una forma gráfica, de un cambio de calidad provocado por un incremento extraordinario de la cantidad. Y va a ser una crisis de tanta magnitud y peligrosidad que va a ser seguramente irremediable que el propio capital busque alternativas radicales al actual orden financiero internacional. Alternativas que, como señalaré inmediatamente, no tienen por qué ser positivas desde el punto de vista de mejorar el bienestar global y las condiciones de vida la mayoría de la población mundial. Eso es así porque aunque traten de disimularlo, la actual crisis ha puesto sobre la mesa fallos que afectan a mecanismos básicos de los que depende el funcionamiento actual de las finanzas internacionales. Los principales son los siguientes:
En definitiva, todo esos aspectos responden a las transformaciones estructurales e institucionales que se han ido dando en los últimos decenios para hacer que la hipertrofia de los flujos financieros derivase en mayores ganancias para el capital. Y el problema que refleja la crisis es que si la tendencia a la financierización de la economía se deja llegar al extremo, como ha ocurrido, es el propio capital el que se encuentra en peligro. Ahora bien, el problema está, como avanzaba antes, que ni siquiera todo ello será suficiente porque detrás de todos los factores inmediatos que han desencadenado la crisis hay otro mediato que no se está abordando. Me refiero a que la deriva hacia la financierización que produce y ha producido los problemas que estamos viviendo se origina por un debilitamiento progresivo del sector real de las economía como consecuencia del incremento de la explotación del trabajo que se traduce en la desigualdad creciente, en la disminución de los salarios reales y en el gasto público insuficiente. Todo lo cual provoca una constante caída en la tasa de rentabilidad que lleva a los capitales hacia el universo financiero. Y es precisamente por ello que la tarea principal que deberían abordar hoy día los gobiernos si realmente quieren tener éxito a la hora de combatir la crisis es aumentar el gasto, olvidarse de las restricciones presupuestarias y del temor al déficit impuesto por los poderosos que no buscan sino cualquier argumento que les evite contribuir al desarrollo social. En mi opinión, este debería ser el reto de la izquierda mundial en estos momentos: hacer que la crisis no se cierre con otra vuelta de tuerca neoliberal sino con un nuevo estado de cosas que de reinvierta la pauta de distribución de los últimos decenios. No será fácil porque, como he expresado en otros artículos una parte de la izquierda está muda y otra silenciada, de modo que en todo este maremagnum de confusión y temor, los ciudadanos solo pueden alternativas al pensamiento neoliberal dominante si van a las periferias, si recurren a los medios y movimientos alternativos que hoy día no tienen ni suficiente fuerza ni siquiera la mínima convergencia que les hiciera más fuertes. Por eso hay que hacer un esfuerzo muy grande para divulgar, para educar y difundir explicaciones y alternativas, pues sin ellas será imposible disponer de las palancas de contrapoder que puedan impedir que las respuestas triunfantes frente a la crisis sean las que convienen a los poderosos de siempre. Como no quisiera terminar este artículo sin mencionar expresamente lo que está ocurriendo entre nosotros, en Andalucía, en el paralelo 36, me parece que lo oportuno es subrayar que estas últimas reflexiones son especialmente pertinentes en nuestra tierra. Andalucía va a soportar de un modo especialmente doloroso esta crisis porque además de sus efectos generales va a padecer otros derivados de su dependencia del ladrillo, de la fragilidad de su sistema productivo y del fiasco que han supuesto las cajas de ahorro como motores del desarrollo sostenible y equilibrado. Por eso, aquí sería mucho más necesario que en otros territorios que el gobierno levara a cabo con urgencia un impulso potente y decidido, sin temor a los cantos de sirena de quienes le hacen creer que el peligro es el déficit presupuestario, cuando la amenaza verdadera y cada vez más real es la renuncia al impulso público de la voda económica. Si algo nos ha enseñado de verdad la crisis es eso. |
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